¿Qué hay detrás de la crisis en la frontera bielorrusa?

  • Por:karen-millen

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04/2022

Miles de personas que buscan entrar en la Unión Europea siguen concentradas en la frontera bielorrusa con Polonia. En esta entrevista, el experto de Crisis Group Oleg Ignatov explica cómo se relacionan los acontecimientos con las tensiones entre Bielorrusia y su aliado, Rusia, por un lado, y los gobiernos occidentales por otro.

¿Qué ocurre en la frontera entre Bielorrusia y Polonia?

Desde finales del verano, mujeres, hombres y niños –en su mayoría kurdos del norte de Irak– se concentran en la frontera polaco-bielorrusa. Esperan cruzar a la UE por Polonia y, en la mayoría de los casos, pasar a Alemania, donde muchos tienen familiares o conocidos. En el último mes, la mayoría de los migrantes acamparon cerca del cruce de Bruzgi Kuznica, en la región bielorrusa de Grodno. Polonia se ha negado a dejarlos pasar a su territorio y ha declarado el estado de emergencia en sus zonas fronterizas. Bruselas ha respaldado a Varsovia. (“Migrante” se refiere aquí a la totalidad de la población transeúnte en la frontera, sin hacer juicios de valor sobre cómo se desglosa entre refugiados, migrantes económicos y otros. Mientras que algunos informes sugieren una porción significativa de migrantes económicos entre esta población, otros indican que incluye a los refugiados).

A finales del otoño, la situación en la frontera era tensa y cada vez más grave en términos humanitarios. En las últimas semanas, los migrantes se enfrentaron a los guardias fronterizos polacos, los primeros lanzando piedras e intentando romper las vallas, y los segundos respondiendo con cañones de agua y gases lacrimógenos. Con la mayoría de los migrantes viviendo en tiendas de campaña, y con niños y varias mujeres embarazadas entre ellos, el frío invernal que se aproxima pronto agravará la crisis, si continúa. Cruz Roja ya ha informado de al menos diez muertes en la frontera entre Polonia y Bielorrusia. Las autoridades bielorrusas han colocado a algunas de las personas más vulnerables en un centro logístico especial, donde reciben ropa de abrigo y alimentos, aunque se ha informado de un brote de Covid-19 en el centro. Las autoridades iraquíes también están ayudando a varios centenares de migrantes que han aceptado la oferta de viajar de vuelta a Irak.

Una etapa anterior de la crisis se desarrolló en la frontera de Lituania con Bielorrusia en primavera. Los migrantes, principalmente del Kurdistán iraquí, se concentraron en Grodno, y los cruces ilegales aumentaron de docenas a cientos en junio y a cientos a miles en julio. A pesar de los esfuerzos de las autoridades lituanas por denegar la entrada, más de 4.000 cruzaron la frontera en 2021 (frente a 81 en 2020), lo que llevó a Vilnius a declarar el estado de emergencia y reforzar la frontera. Los migrantes también se reunieron en la frontera de Bielorrusia con Letonia, que siguió el ejemplo de Lituania al declarar el estado de emergencia y reforzar la seguridad fronteriza.

¿Quién está detrás de la crisis?

Hay pocas dudas de que las autoridades bielorrusas están fomentando la crisis.

Se ha informado con amplitud de que Minsk está facilitando el viaje de personas de Oriente Póximo a Bielorrusia, y luego a la frontera con Polonia. Las autoridades bielorrusas han simplificado formalmente los procedimientos de visado de turista para los ciudadanos de varios países, los han aligerado informalmente en otros casos y se han negado a expulsar a quienes sobrepasan el plazo de sus visados. El número de vuelos directos de Irak, Siria y Emiratos Árabes Unidos a Bielorrusia se ha duplicado con creces, incluidos los vuelos chárter sirios e iraquíes. Los guardias bielorrusos no han hecho nada para impedir el paso a Polonia; de hecho, los informes sugieren que los guardias han promovido estos esfuerzos, escoltando a grandes grupos hasta la frontera y quizá incluso empujándolos a cruzar. En octubre, las autoridades bielorrusas suspendieron un acuerdo con la UE que obligaba a Minsk a readmitir a los nacionales de terceros países que habían cruzado a los Estados miembros de la UE pero a los que se les había denegado la entrada. El ministerio de Defensa polaco afirma que los soldados bielorrusos orquestan todos los acontecimientos en la frontera.

Bielorrusia no oculta que no bloqueará a nadie que intente entrar en la UE, pero echa la culpa de la situación a otros. Afirma que la crisis es el resultado de la fallida política de Occidente en Oriente Próximo, y acusa a la UE y a los Estados miembros de violar los principios humanitarios –incluidos sus propios compromisos en virtud de diversos instrumentos de la ONU y de la UE– para permitir que la gente busque asilo.

¿Por qué hace esto Bielorrusia? ¿Está funcionando?

Minsk parece creer que la crisis le permitirá obtener concesiones de la UE y sus Estados miembros. Ha establecido una analogía entre la situación actual y la crisis fronteriza entre Grecia y Turquía en 2015. En esa crisis, más de un millón de refugiados de la guerra siria entraron en la UE, y Bruselas llegó a un acuerdo con Ankara para frenar más entradas. Se comprometió a aportar 6.000 millones de euros a cambio de que Ankara accediera a impedir que los migrantes salieran de su territorio. Aunque el paralelismo con Turquía no es convincente –Bielorrusia, a diferencia de Turquía, no es vecina de países afectados por el conflicto–, Minsk está tratando de llegar a un acuerdo propio.

El líder bielorruso, Aleksandr Lukashenko, quiere que la UE le reconozca como presidente y alivie las sanciones económicas que han exprimido la economía bielorrusa. Estas cuestiones se convirtieron en puntos de fricción después de que Lukashenko ordenara una represión sin precedentes y a menudo violenta contra los miembros de la oposición y los manifestantes tras las elecciones presidenciales del 9 de agosto de 2020. Lukashenko, que gobierna el país desde 1994, afirmó haber ganado esa contienda con más del 80% de los votos.

¿Qué hay detrás de la crisis en la frontera bielorrusa?

La UE, Estados Unidos, Reino Unido y Canadá se negaron a reconocer la victoria de Lukashenko debido a las pruebas de manipulación. Junto con Suiza y Noruega, impusieron sanciones –en el caso de la UE, cuatro paquetes– dirigidas a una amplia gama de funcionarios a título individual y a sectores de la economía bielorrusa, incluidas las exportaciones bielorrusas a la UE y a Reino Unido. Para justificar las sanciones, señalaron una serie de violaciones de los derechos humanos, como la violenta represión de Minsk contra la sociedad civil, la oposición democrática y los periodistas. Las sanciones más duras son las que afectan a las principales exportaciones de Bielorrusia: productos petrolíferos y fertilizantes de potasa. Además de estas medidas, después de que Bielorrusia desviara un avión de Ryanair en ruta hacia Lituania en mayo de 2021 para detener a un disidente que iba a bordo, la UE prohibió el acceso de las aerolíneas bielorrusas a los aeropuertos de la UE y les cerró el espacio aéreo comunitario. Los funcionarios occidentales han calificado el incidente como un acto de “piratería de Estado”.

Antes de levantar las sanciones que han impuesto, los Estados occidentales exigen que Lukashenko ponga fin a la represión, libere a los presos políticos e inicie un diálogo con la oposición sobre nuevas elecciones, pasos que el líder bielorruso considera equivalentes a abandonar el poder.

Las sanciones ya están perjudicando a Bielorrusia y están a punto de hacer mucho más daño. Las nuevas sanciones de EEUU contra el mayor productor de fertilizantes de Bielorrusia, Beloruskali, entrarán en vigor en diciembre. En conjunto, las nuevas y viejas sanciones podrían suponer el cese total de las exportaciones de Bielorrusia a la UE y a través de ella. Minsk estima que los daños de las actuales sanciones ascienden al 2,9% del PIB. Algunos expertos creen que, si se imponen nuevas sanciones, las pérdidas de Bielorrusia podrían superar el 7,5% del PIB al año. La UE tiene previsto adoptar en breve un quinto paquete de sanciones, y la crisis fronteriza ha llevado a los funcionarios europeos a amenazar con medidas adicionales a las anteriores.

En sus discursos, Lukashenko ha dicho que la crisis de los inmigrantes terminará cuando Occidente entre en razón, deje de estrangular la economía bielorrusa y negocie. En cualquier caso, ha conseguido que los líderes europeos hablen con él. El 14 de noviembre, el ministro de Asuntos Exteriores bielorruso, Vladímir Makei, habló por teléfono con el alto representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Josep Borrell. Al día siguiente, la canciller alemana, Angela Merkel, habló con Lukashenko. La ministra de Asuntos Exteriores de Estonia, Eva-Maria Liimets, informó de que, durante la llamada con Merkel, Lukashenko exigió ser reconocido como presidente y el levantamiento de todas las sanciones. Sin embargo, Minsk desmintió esta versión. Dos días después, el 17 de noviembre, la UE anunció que destinaría 700.000 euros a la ayuda de emergencia para los refugiados en la frontera bielorrusa.

¿Cuál es el papel de Rusia en la crisis?

Aunque algunos funcionarios europeos están convencidos de que Moscú está impulsando la crisis entre bastidores, no hay pruebas fiables de que Rusia esté implicada de manera directa en la orquestación de los acontecimientos o en el traslado de los migrantes.

Sin embargo, los líderes europeos se han apresurado a señalar la implicación de Moscú. El primer ministro polaco, Mateusz Morawiecki, ha dicho que Lukashenko sigue las órdenes del presidente ruso, Vladímir Putin. Polonia también cree que Rusia ha ayudado a los aspirantes a inmigrantes de la UE a entrar en Bielorrusia, incluso haciéndolos volar en la aerolínea estatal rusa Aeroflot. El presidente de Lituania ha afirmado que personas de Oriente Próximo están entrando en Bielorrusia a través de Moscú. Rusia ha negado todas estas acusaciones y ha respondido airadamente a las noticias de que la UE está estudiando la posibilidad de imponer sanciones a Aeroflot.

Aunque no esté ayudando con el transporte de migrantes, Rusia ha apoyado de manera sistemática a Lukashenko a lo largo de este episodio y ha promovido sus argumentos. Los funcionarios rusos también se han esforzado en argumentar que las respuestas occidentales a la crisis son hipócritas. Moscú afirma que las capitales europeas hablan de derechos humanos, pero se niegan a acoger a personas que califican de refugiados e incluso utilizan cañones de agua para impedir su entrada.

Putin también ha instado al diálogo directo entre Lukashenko y los países europeos, y se ha ofrecido a facilitarlo. De hecho, Putin y Merkel hablaron largamente antes de que esta última lo hiciese con Lukashenko. Moscú también ha sugerido que la UE responda a Bielorrusia como lo hizo con Turquía en 2016, cuando proporcionó miles de millones de ayuda para apoyar a millones de refugiados en Turquía en lugar de permitirles pasar a los estados de la UE. “¿Por qué los bielorrusos, que tienen ciertas necesidades, no pueden ser ayudados de la misma manera para que los refugiados, a los que Polonia y Lituania de ninguna manera quieren dejar entrar en su territorio, puedan vivir de alguna manera en condiciones normales?”, se preguntó el ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov.

Rusia tiene sus propias razones para desear un cambio en la política occidental hacia Bielorrusia que suponga el reconocimiento de Lukashenko y el levantamiento de las sanciones. Una de ellas es económica: para ayudarla a superar sus actuales dificultades, Rusia ha estado apoyando a Bielorrusia y a su economía, y la relajación de las sanciones permitiría al Kremlin reducir su gasto. Las tensiones políticas de Rusia con Occidente también desempeñan un papel importante en sus cálculos. El Kremlin considera que la presión de Occidente sobre Lukashenko tiene como objetivo cambiar el liderazgo en Minsk, y cree que esta presión forma parte de un esfuerzo más amplio para desestabilizar y aumentar la influencia de Occidente en la periferia de Rusia y por extensión en la propia Rusia.

¿Podrían las cosas ir a más?

Podrían, pero también existe la posibilidad de que se asienten. Aunque Lukashenko busca conversaciones y reconocimiento, también ha enmarcado su lucha por mantenerse en el poder como una lucha con Occidente. Describe toda la oposición a su gobierno como fruto de una conspiración internacional respaldada por Occidente. Enmarca las sanciones occidentales como una consecuencia del conflicto con la UE, y aviva el miedo a la agresión de la OTAN para justificar la represión y consolidar su control sobre el aparato de seguridad, del que su gobierno depende cada vez más desde agosto de 2020.

En este contexto, Lukashenko se ha mostrado hasta ahora dispuesto a intensificar las tensiones con Occidente en pos de sus objetivos. El 11 de noviembre, amenazó con cortar las exportaciones de gas natural ruso a Europa, que pasan por un gasoducto a través de Bielorrusia. Esto fue en respuesta a las nuevas sanciones de la UE y a las declaraciones de Polonia de que podría cerrar completamente la frontera con Bielorrusia. Putin intervino rápidamente, señalando que el bloqueo del tránsito de gas a Europa por parte de Bielorrusia “sería una violación de nuestro contrato de tránsito”, lo que indica que el apoyo ruso, por muy constante que haya sido, tiene sus límites. Sin embargo, Bielorrusia redujo el 17 de noviembre el suministro de petróleo a Polonia por motivos de mantenimiento no programado y cortó la electricidad a Ucrania al día siguiente. Varsovia, por su parte, exigió a Minsk que estabilizara la situación en la frontera antes del 21 de noviembre, amenazando que si no lo hacía, Polonia cerraría el puesto de control ferroviario de Kuznica. El 21 de noviembre, Polonia también amenazó con cerrar la frontera por completo.

También es preocupante la tendencia de todas las partes a militarizar sus respuestas a la crisis. El despliegue de 20.000 efectivos de Polonia en su frontera con Bielorrusia incluye tanto soldados como guardias fronterizos. Los días 10 y 11 de noviembre, el ministerio de Defensa ruso envió dos bombarderos de largo alcance Tu-22M3 y dos bombarderos Tu-160, respectivamente, para patrullar sobre Bielorrusia. Al día siguiente, Moscú desplegó una unidad de paracaidistas para realizar ejercicios en la región bielorrusa de Grodno, fronteriza con Polonia y Lituania, en apariencia como parte de una inspección rápida de la preparación para el combate de la unidad. En paralelo, ingenieros militares británicos llegaron a la frontera polaco-bielorrusa para ayudar a reforzar las barreras. Los medios de comunicación británicos informaron de que Londres está dispuesto a enviar entre 400 y 600 soldados más a Polonia. Ucrania también ha enviado unos 8.500 soldados y policías a su frontera con Bielorrusia, y Estonia está enviando unos 100.

Dicho esto, es difícil que estos despliegues lleven a enfrentamientos armados. Es cierto que un empeoramiento de la ya muy tensa situación en Ucrania entre Moscú, por un lado, y Kiev y sus socios occidentales, por otro, podría extenderse al enfrentamiento de Bielorrusia. Sin embargo, a corto plazo es más probable que cualquier escalada sea económica y diplomática. Además, con el diálogo entre Minsk y las capitales europeas en marcha, y con algunos posibles emigrantes en ruta de vuelta a Irak, hay esperanzas de que las cosas se calmen. Al mismo tiempo, la insistencia de Lukashenko en que se suavicen o levanten las sanciones sin liberar a los presos, entablar conversaciones con sus opositores o cumplir las condiciones occidentales, impedirá casi con toda seguridad que se llegue a un verdadero acuerdo sobre las fricciones entre él y los líderes de la UE. Incluso si algunos emigrantes regresan a Irak y a otros países a corto plazo, la crisis podría reanudarse si Minsk vuelve a intentar aumentar la presión.

¿Cuál es la solución?

No hay respuestas fáciles. No solo las exigencias de Minsk son inaceptables para las potencias occidentales, sino que Lukashenko, junto con Moscú, probablemente interprete cualquier concesión como una prueba de que su estrategia está funcionando. Aunque parece que hay personas que huyen de la guerra, la violencia o la represión entre los que se encuentran en la frontera, los países de la UE, a pesar de sus obligaciones internacionales, están unidos en el apoyo a los esfuerzos polacos para impedir la entrada. A sus ojos, permitir la entrada sería sucumbir a una crisis fabricada por el líder bielorruso. Aun así, a pesar de lo difícil de encontrar soluciones, merece la pena que los gobiernos occidentales hablen con Minsk.

Aunque Minsk y Moscú vean el diálogo como una vía para obtener concesiones de Occidente, no tiene por qué ser así. De hecho, la UE ya ha iniciado un diálogo con Lukashenko sin señalar ninguna intención de levantar las sanciones o reconocer formalmente al presidente bielorruso a menos que cumpla las condiciones de la UE. Al mismo tiempo, ha enviado ayuda para las personas en peligro cerca de la frontera. Esta mezcla de compromiso político y apoyo humanitario parece estar teniendo algún efecto positivo en la situación fronteriza. A corto plazo, los objetivos de los Estados europeos deberían ser, como mínimo, garantizar que la gente pueda volver a casa de forma segura y no se enfrente a dificultades indebidas. Lukashenko se enfrenta a sus propias limitaciones: está limitado en cuanto al apoyo ruso del que goza y a la capacidad de su propio país para mantener a un gran número de personas procedentes de Oriente Próximo y de otros países devastados por la guerra.

Si la UE y otros Estados esperan cambiar el comportamiento de Lukashenko, además de dialogar, tendrán que vincular claramente cualquier nueva sanción o amenaza de sanción a acciones muy específicas que Minsk pueda llevar a cabo para garantizar que se levanten o se eviten. Mientras tanto, sin embargo, deben estar preparados para más provocaciones y desafíos.

Artículo publicado en inglés en la web de Crisis Group.

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