Anatomía de un vestido de Molly Goddard

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03/2023

En el estudio de esta diseñadora británica encontrarás kilómetros de tul, recortes, libros de decoración y lo más importante: el futuro de la moda. Por Raquel Fdez Sobrín

Raquel Fernández Sobrín

De todas las anécdotas disponibles para explicar la influencia de Molly Goddard (Londres, 1988) en la industria de la moda empezaré por la más representativa aunque no sea la más popular: cuando Rei Kawakubo, creadora de Comme des Garçons, se estaba vistiendo para la gala del MET de 2018, su marido y socio a la hora de fundar Dover Street Market, Adrian Joffe, le pidió que se cambiase de vestido. No le parecía buena idea que eligiese la etiqueta de Goddard para la inauguración de la exposición Rei Kawakubo/Comme des Garçons: Art of the In-Between. Ya que le hacían los honores, le parecía más adecuado llevar una creación propia. Otro de los vestidos de Goddard, bautizado Daria y compuesto por 90 metros de tul, también ha contribuido al éxito de la exhibición de este año: Camp: Notes on Fashion. Uno más, en rosa chicle, ayudó a construir el carácter de Villanelle, la mala de la serie Killing Eve que en las primeras 36 horas de su estreno fue devorada por 2,6 millones de espectadores. A la lista hay que sumar otro: el que se transformó en algo extremadamente sexy al convertirse en look de Rihanna (ya avisé al principio de que no iba a empezar por el dato más popular). No es exagerado decir que Molly Goddard influye a los que influyen.

Anatomía de un vestido de Molly Goddard

Antes de todo esto, incluso de crear su propia firma, la británica trabajó a las órdenes de John Galliano y Meadham Kirchoff. Todavía antes se graduó en punto en Central Saint Martins (estudió bajo la tutela de la famosa Louise Wilson) y si nos remontamos un poco más, a su infancia, ya soñaba con ser diseñadora. Su vocación no era una pasión lejana: creció viendo cómo su madre hacía prendas de ropa en casa y pronto puso sus propias habilidades en práctica. Ese tiempo pasado es clave en su trabajo. “Atesoro ropa que llevé de niña y los recuerdos asociados a ella, pero no sé si es nostalgia o solo otro punto de inspiración. A veces recordar un conjunto terrible que llevé a los 15 en un mal club nocturno me motiva e inspira una colección tanto como puede hacerlo un camisón victoriano”, asegura desde su estudio del West End londinense. El acercamiento de Molly Goddard a sus creaciones tiene algo de infantil en otro sentido, cierto carácter plástico, manual y artístico que las hace emocionales. “La textura y los tejidos es lo que de verdad me estimula, explorar nuevas formas de manipular el material es lo que más nos gusta en el estudio y muchos de nuestros métodos están basados en técnicas tradicionales”.

Como un niño, el primer impulso cuando te plantas delante de sus prendas es estirar el brazo y tocar, estrujar el tul, que no es el único tejido que da materia a sus colecciones pero sí el que las identifica. “Empiezo con muchos bocetos, después describo uno de los dibujos a Becky, mi patronista, que hace el patrón sobre papel. Con él se preparan uno o dos toiles. Lo probamos y hacemos cambios, ¡unas veces solo necesitamos una prueba, otras necesitamos 20! Pasamos algunas piezas a fábrica y otras nos gusta terminarlas en el estudio para que sea más rápido”. Estamos ante un vestido de dimensiones considerables en colores tan llamativos como el rosa coral, el azul turquesa o el naranja mandarina.

¿En qué momento se pierde el halo cursi, vacío, de las prendas exageradamente femeninas? Puede que sea la sensación de que no estarán acabados hasta que se unan al cuerpo, la idea de que han ido tomando forma casi por casualidad o de que han vivido tantas vidas como capas de tejido cuentan. O tal vez sea la versión moderna de aquello que ya sucedió con el punk británico en los setenta, que el vestido de graduación se ha vuelto a convertir en ejercicio de rebeldía. Definitivamente, tiene mucho que ver que haya que tener altas dosis de personalidad para defenderlos (no es el tipo de ropa tras la que puede una esconderse). Sea como sea, dar con la clave era tan complicado como formular una receta maestra que de alguna forma esté ligada a la improvisación y la casualidad. La suya ha logrado algo todavía más difícil en los tiempos que corren: una identidad de marca tan femenina como feminista. No hay que olvidar que detrás de la parte bonita –la de hacer realidad los sueños– crear una firma implica establecer una empresa. “Al principio lo más difícil fue encontrar el equipo adecuado con el que trabajar y entender los papeles que se necesitan, cuándo se necesitan y a qué nivel. Empezar sola e ir creciendo, construir un equipo, es un desafío porque te conviertes automáticamente en mánager”. Contó con la ayuda del programa Newgen del British Fashion Council, que más allá de un empujón económico (se llevó el premio consistente en 200.000 libras en 2018) es una guía en el confuso camino de creación de una marca. “Cuando comenzamos a hacer ventas en París nos dieron soporte legal y fue muy útil para empezar”.

En el momento en que presentó su primera colección en 2015 pocas firmas se arriesgaban con la idea del volumen. Después de todo, vivíamos el boom de la moda street y del normcore. Cuatro años más tarde, un número considerable de diseñadores nos proponían vestidos de volúmenes casi imposibles (ya se sabe que no hay nada como proponerse superar un desafío) armados con crinolinas y miriñaques. Goddard, en cambio, sigue dando forma al suyo a partir de la construcción, de la superposición de capas, sin elementos sorpresa ni componentes escondidos. “El volumen no es lo más práctico que existe, por supuesto, pero es lo que adoro. Me gusta crear el equilibrio adecuado en una colección, vestidos con los que no poder sentarse al lado de otros con los que desplomarse en un sofá”. Aparte de su característico estilo ha encontrado una identidad a la hora de poner sus colecciones en escena. Sus modelos pintan, bailan, cocinan… fuman tranquilamente. Dejarlas ser y hacer solo ha sumado carácter a sus prendas. Con su último desfile llevó las cosas un poco más lejos: “Quería que resultase claustrofóbico, que la velocidad y los colores se llevasen por delante a los invitados al pasar rozándoles. Aunque no pudieran ver el look completo, la intención era que sintiesen el espíritu de las prendas. Me gustó la idea de que fuese imposible hacer una foto decente y que se sintieran forzados a mirar y sentir”. Esta vez, además, prescindió de narrativa y propuso un armario atemporal en clave Goddard: “Mi objetivo principal es hacer ropa que la gente guarde y atesore para siempre, hasta acabar pasándosela a otros que las disfruten también”. Nada mal para una diseñadora que se encuentra en ese crítico momento en el que debe hacer crecer su marca sin traicionar su identidad.

De repente, el futuro de la moda parece estar en dos extremos opuestos: la tecnología que convierta al proceso de fabricación en algo eficiente y sostenible y la artesanía que implica pisar el freno para reducir la velocidad. Y disfrutar de las vistas, claro. Si lo piensas bien, más despacio suele ser sinónimo de más feliz, y cuando sonríes de alegría la visión del mundo es borrosa. No me refiero a la cortina en que se convierten las lágrimas de reírse a carcajadas, sino a ese momento en que las cosas se nublan porque la mueca de la sonrisa no permite abrir los ojos del todo. Así son los vestidos de tul de Goddard. Preciosas vistas desdibujadas.

Fotos: Jason Lloyd-Evans, Dougal Macarthur, Sarah Edwards, cortesía de Molly Goddard.

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