"La carita de ilusión del niño ante un juguete es impagable" PUNTO Y APARTE

  • Por:karen-millen

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10/2022

*Este artículo se publicó en la edición impresa de Diario de Burgos el pasado 19 de octubre.

Chapero cumplía el pasado mes de octubre 120 años de historia, exactamente los mismos que suman los populares Gigantillos. José Ruiz, que encabezó la tercera generación familiar al frente de este longevo negocio, lo tiene muy claro: estamos ante la juguetería más antigua de España y, por mucho que lo han buscado, no han encontrado otra que le supere en edad. Y se queda corto este veterano juguetero de 80 años, Chapero forma parte de la infancia de varias generaciones de niños y niñas burgaleses y, pese a las vueltas y más vueltas que ha dado el comercio en los últimos dos siglos, el suyo sigue siendo el escaparate de la ilusión de la ciudad y el almacén por excelencia de los Reyes Magos cada Navidad. "Los niños aprenden en Burgos a decir Papero [sic] antes que ‘papá’ y ‘mamá’", bromea.

Para despejar dudas, hay que empezar diciendo que el nombre comercial no viene ni de los juguetes de hojalata ni de cualquier otro tipo de negocio, Chapero es el primer apellido de doña Cipriana, esposa de don Andrés Pablo, matrimonio originario de Regumiel de la Sierra y del que parte toda esta historia. Tuvieron siete hijos y al segundo, Julián, se le quedó pequeña la Sierra y un buen día decidió dejar los bueyes y el acarreo de la madera para ir a Burgos capital a prosperar.

Tenía 19 años Andrés cuando entró a trabajar en los Almacenes Moliner, donde empezó como mozo y poco a poco se fue ganando el aprecio de los dueños del comercio por su buen ojo para la venta. Ascendió y ejerció como representante de la casa, viajando por los pueblos y ciudades para vender y comprar el género. "Entre viaje y viaje, aprendió cómo se fabricaba, cómo se almacenaba y cómo se vendía...".

Un buen día llamó a sus hermanos Mariano e Hipólito para hablar de negocios. Con ellos fundó una sociedad y abrió una pequeña tienda muy cerca de la Plaza Mayor. El comercio original fue también vivienda, era muy pequeño y no tenía ni escaparate. Desde el principio se le conoció por el apellido de la madre de los fundadores y también desde 1900, subraya Pepe Ruiz, la empresa tuvo gente asalariada. "Siempre hemos dado trabajo", sentencia orgulloso.

Los tres hermanos empezaron como jugueteros, aunque también fueron merceros, incluso vendieron el Servus, el famoso betún para limpiar los zapatos. Así era el comercio entonces, de todo y para todos. "Eran tenderos muy simpáticos y bromistas, conocían a sus clientes por su mote y a los niños siempre les daban un caramelo para que se llevasen un buen recuerdo", rememora su sobrino nieto.

Sin escaparate a la calle, las muñecas de trapo y los caballitos de cartón colgaban de las paredes y los techos de aquel primer local que pronto se quedaría pequeño. Con los años y los ingresos, los hermanos compraron la casa aledaña, que miraba a la Plaza Mayor y hacía esquina con la calle Carnicerías, la misma que hoy luce el apellido de la abuela Cipriana.

Solteros los fundadores, la segunda generación estuvo en manos de los sobrinos Javier, Julián y Miguel. A ellos se unió años más tarde el protagonista de esta historia, hijo de Lucía y Vicente (sobrino de Julián), que también vino de Regumiel de la Sierra, pero al internado de los Maristas. Allí todos los compañeros le conocían por ‘Chapero’, lo que prueba que la juguetería donde empezaba a hacer sus primeros pinitos como mozo ya era parte de la ciudad y de la vida de sus habitantes.

Superados los estudios básicos, Pepe Ruiz hizo lo que muchos otros ilustres burgaleses: estudiar Peritaje Mercantil en la Escuela de Comercio, ubicada en la calle Madrid, junto a las antiguas vías del tren, hoy bulevar ferroviaro. "Por la mañana iba a la Escuela y por la tarde trabajaba en la tienda colocando juguetes y aprendiendo a tratar con los clientes. Siempre me decían que lo primero y más importante era ser buena persona".

Su tutor fue Mariano, el más joven de la primera generación. "Siempre andaba detrás de mí para que hiciese bien las cosas y teníamos una gran amistad. El día de mi cumpleaños le pedí unas botas de futbolista y en vez de eso me regaló una guitarra. Ante mi queja me dijo: ‘Aquí no queremos ningún dependiente cojo’", ríe a carcajadas.

En aquellos tiempos, la Plaza Mayor estaba ajardinada y los niños jugaban en la tierra a las canicas de barro, las peonzas y tiraban los petardos comprados en Chapero.

"Nunca he tenido horarios. Antes de abrir al público siempre había muchas cosas que hacer. Las estanterías siempre tenían que estar muy bien ordenadas porque, para venderlo, el juguete se tiene que ver. En mis primeros años en el comercio, aquí venía gente de todo tipo buscando juguetes, agujas para arreglar colchones o abalorios y cintas para los trajes regionales...".

Reyes magos. Desde el comienzo de Chapero, la Navidad y los Reyes Magos siempre han sido el gran momento del año, el de las mayores ventas y trajines. "Había épocas en las que no comíamos y cerrábamos más allá de las 9 de la noche".

La llegada de la Navidad suponía el lanzamiento de nuevos juguetes. Pepe Ruiz ha conocido los juguetes de cartón, de trapo, los de hojalata y los de cuerda. También vivió la revolución que supuso el plástico y la salida al mercado de los míticos juguetes como el Scalextric, el Cinexin, la muñeca Barbie, la Nancy o el Ibertren, entre muchos otros. "Hemos vendido muchísimos trenes... Teníamos que estar al día para cumplir con nuestro lema de ‘Si Chapero no lo tiene, no lo tiene nadie’".

La etapa del Polo de Desarrollo, los años 70 y 80, fue especialmente buena para la juguetería y para el comercio de la ciudad en general. "Pasamos a vender el doble porque vino mucha gente a trabajar a la ciudad y eso se notó en el número de niños y de familias. La gente cobraba incluso a la semana y compraba camisas, zapatos y también juguetes".

Como es de suponer, Pepe Ruiz tiene muchísimos recuerdos entrañables y es consciente de que ser juguetero es algo muy especial porque le une indefectiblemente a la niñez de muchos burgaleses. "No sabes lo que es ver las caritas de los chavales, eso no se paga con nada. Llevo ocho años jubilado y la gente me sigue parando por la calle para saludarme y contarme aquel juguete que un día le regalaron. Siempre hay alguien que me recuerda y eso me gusta mucho. Tengo que agradecer mucho a los burgaleses lo que me han ayudado a ser una buena persona. He procurado por todos los medios tener género para que la gente compre a gusto, nunca engañar a nadie y siempre decir la verdad. Esto fue la base del comercio a principios del pasado siglo y es lo mismo hoy".

Recuerda con especial cariño y emoción cómo un buen día le llegó al buzón de la tienda una carta enviada desde Alemania sin nombre y sin dirección alguna: "Solo ponía Chapero, con eso bastó para llegar".

Escaparate. Pepe Ruiz se casó con María Asunción en el año 65 y se fue de viaje de novios con la duda de si se cerraba o no la ampliación del negocio de la Plaza Mayor, que se había vuelto a quedar pequeño. Un telegrama recibido en plena luna de miel le confirmó la buena nueva: ‘Pepe, hemos firmado’. Las obras se iniciaron dos días después de los Reyes del 66 y terminaron poco antes de los Sampedros. "Abrimos la tienda con los carpinteros dentro y fue un éxito".

Así se cumplió su sueño de un nuevo comercio con unos grandes escaparates de cristal que tenían un secreto: llegaban casi hasta el suelo, para que los niños y niñas de todas las edades -y alturas- pudiesen ver sin dificultad todo el universo de juguetes de la tienda, desde el pasaje de Carnicerías hasta la Plaza Mayor. Tal despliegue de vidrio tuvo sus inconvenientes: "Anda que no hemos pasado tiempo limpiando el escaparate de las marcas de los morros de nuestros pequeños clientes, de restos de caramelo, de huellas de manos de chocolate, de helado...".

Pepe y María Asunción tienen tres hijos (María José, Carlos y Raquel) y cinco nietos. Carlos, "que ha mamado el mundo de la juguetería conmigo", encabeza la cuarta generación ante el histórico mostrador, que ha sabido sortear los cambios del comercio y hoy atiende a buena parte de su clientela a través de internet.

"Yo conocí la llegada a la vez de los grandes hipermercados y de Toys R Us, que implantó una gran nave llena de torres de juguetes. Al final, acabó saliendo de Burgos. Aprendimos muchas cosas, vimos que estas grandes empresas venían a quedarse con el negocio de los juguetes y tuvimos que espabilar".

La situación era la misma en muchas otras ciudades españolas y para muchos otros jugueteros tradicionales. "Creamos una cooperativa -Toy Planet- para comprar juguetes a nivel nacional, lograr mejores precios y competir con los grandes. En su día ganábamos un poco más de dinero, hoy estamos más con lo justo, pero seguimos ofreciendo lo más importante y lo más nuevo. Vender ahora es muy difícil, tienes que portarte muy bien, ser amable y ofrecer siempre calidad", explica.

Plaza mayor. En sus casi 60 años de trabajo en la principal plaza de la ciudad, Pepe Ruiz ha conocido hasta seis obras de remodelación, una corrigiendo a la anterior y dando paso a otra nueva que no iba a aportar la solución definitiva. La más criticada fue la construcción del aparcamiento subterráneo que terminaba con el estacionamiento indiscriminado en superficie, en tiempos de Peña San Martín.

Cuando pasea ahora por los soportales se lamenta de todo el comercio que ha conocido y que ya ha desaparecido, aquella Plaza Mayor plena de vida mercantil, plagada de ilustres tenderos y ricos escaparates. "Entre los centenarios solo quedamos Santiago Rodríguez -aunque ya no en la plaza- y nosotros, el resto ya no está. Veo un Burgos menos boyante y más tristón, puede ser que el coronavirus tenga algo que ver. Falta ambiente y se ve que esto del comercio no llega para todos".

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